Emigrar es olvidar las raíces?

Han pasado cinco años desde que tomé la decisión de dejar mi querida Panamá para emigrar e ir en busca de nuevas aventuras. Ese octubre aún no imaginaba que Barcelona tendría la capacidad de seducirme, tanto como para que yo decidiera seguir mi vida en esa tierra llena de historia, identidad y luchas, donde  es mejor saber diferenciar a un catalán de un español, pero donde abundan las mezclas y las puertas están abiertas a los inmigrantes de todas las razas.

Esta es la tercera vez en esos 5 años que he venido de vacaciones y mientras hago el trayecto de vuelta Panamá-Madrid-Barcelona, me propongo escribir sobre lo divertidos y maravillosos que han sido estos diecisiete días en este hermoso terruño, pero pronto me percato que lejos de un artículo divertido, el sentimiento que aflora en mis palabras es añoranza, y así, a medida que el avión se aleja del istmo, siento como se abre un vacío. Un vacío que ahora sé que no desaparecerá nunca, independientemente de lo feliz que pueda ser en Barcelona.

Emigrar es como si a un niño le preguntarán si quiere vivir con la madre o el padre. Es tener el corazón dividido en dos, es sentirse siempre incompleto porque el inmigrante real llega a amar la tierra que le abre las puertas, tanto como a la suya propia. Para mí emigrar no es llegar a la tierra de otro a esperar que las cosas sean iguales que en su propio país porque, de tener ese sentimiento, es mejor no partir.

Yo decidí hacer de Barcelona mi hogar el día que la vi como una tierra hermosa, de oportunidades, de igualdad y de costumbres. Nunca me molesté si no me entendían cuando pedía un “lighter”, sino que aprendí que aquí se dice mechero. No me frustré porque algún señor mayor me hablara en Catalán. sino que me propuse aprender el idioma local para entender la próxima vez, aún cuando algún compatriota me llegó a decir: “para qué quieres aprender una lengua que solo se habla aquí??”. 

Emigrar es tomar el camino del cambio, de la adaptación, del respeto y de la convivencia pero sobre todo, es tomar el camino que te dividirá el corazón en dos,  amar a tu patria pero también honrar el suelo que pisas. Como dice Enrique Vásquez, venezolano viviendo en Madrid, “¿por qué no amar a dos países, el que nos vio nacer y el que nos está permitiendo vivir?”.

Sigo siendo una panameña de pura cepa, que ama el desayuno de bistec encebollado con tortilla de maíz tanto como un  esmorzar de pá amb tomàquet i truita de patates” (desayuno de pan con tomate y tortilla de patatas). Que habla catalán pero aún pronuncia la “J” con acento panameño como si fuera “Y”. Que respeta las costumbres catalanas del mismo modo que ama un sancocho con arroz. Porque se puede ser inmigrante con identidad de local sin olvidar de dónde vienes. Y porque si nos detenemos a pensar por un minuto, en el mundo no existen barreras, divisiones ni fronteras, solo las que nos hemos inventado nosotros mismos.

No importa cuántas veces visite Panamá, siempre tengo la sensación de que dejo mi tierra por primera vez.

Les prometo una segunda parte del relato un poco más divertida. 🙂

Vive, viaja, ama y sé tú misma…a veces reina, a veces bruja, a veces simplemente mujer!

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